El problema del sultán


Decepcionado por no encontrar un recaudador de impuestos de confianza, un sultán se quejó ante el más sabio de sus consejeros.
-¡No puedo creer que no haya un solo hombre honrado en todo este reino! ¿Qué vamos a hacer?
-Veamos, Alteza… se me ocurre una cosa –dijo el consejero.
-¿Qué puede ser? –preguntó el sultán, ansioso– se trata de un problema muy serio –añadió.
-No os preocupéis. Simplemente anunciad que un nuevo recaudador es requerido en palacio. Yo me encargo del resto.
Al día siguiente del anuncio, un buen número de aspirantes a recaudadores de impuestos se agolpaba en el recibidor del palacio del sultán. Gordos o flacos, altos o bajos, todos lucían trajes elaborados y costosos y se paseaban con arrogancia por el salón.
Un hombre sencillo y vestido pobremente atrajo la atención de los presentes.
-Este pobre hombre está loco –se burlaban- , el sultán nunca escogería a alguien como él para un cargo tan importante.
-¡Atención, señores! –dijo de pronto el consejero–. El sultán os recibirá en seguida. Yo os indicaré el camino. –Y los hizo entrar uno por uno a un corredor oscuro y estrecho por el que tenían que avanzar a tientas para llegar donde se encontraba el soberano.
Una vez estuvieron todos reunidos ante el sultán, éste le preguntó a su consejero:
-¿Y ahora qué hago?
-Pedidles que bailen.
Así lo hizo el sultán, un tanto extrañado por un pedido semejante. Los hombres bailaron con gran pesadez y lentitud, sin poder despegar los pies del suelo.
-¡Qué bailarines más torpes! ¡Parece que tuvieran los vestidos llenos de piedras! –exclamó el sultán.
El único que bailaba con agilidad era el hombre pobre.
-Ahí tenéis a vuestro recaudador –dijo el consejero, señalándolo-. Esparcí por el corredor monedas, billetes, joyas y objetos de valor y él fue el único que no se llenó los bolsillos con todo lo que encontró.
El sultán había dado por fin con un hombre honrado.


Cuento tradicional turco.


La honestidad: Cuando un ser humano es honesto se comporta de manera transparente con sus semejantes; es decir, no oculta nada, y esto le da tranquilidad. Quien es honesto no toma nada ajeno, ni espiritual ni material: es una persona honrada. Cuando se está entre personas honestas cualquier proyecto humano se puede realizar y la confianza colectiva se transforma en una fuerza de gran valor. Ser honesto exige coraje para decir siempre la verdad y obrar de forma recta y clara.


La deshonestidad: Cuando alguien miente, roba, engaña, o hace trampa, su espíritu entra en conflicto, la paz interior desaparece y esto es algo que los demás perciben, porque no es fácil de ocultar. Las personas deshonestas se pueden reconocer fácilmente, porque engañan a los otros para conseguir de manera abusiva un beneficio. Es muy probable que alguien logre engañar la primera vez, pero al ser descubierto será evitado o tratado con precaución y desconfianza.


Fuente: Los angeles de los valores y la felicidad. Ruben Avila.


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